La crisis económica sigue pegando donde más duele: el corazón industrial de la provincia de Buenos Aires. En lo que ya parece una estampida sin freno, plantas históricas, multinacionales y pymes que resistieron décadas volvieron a caer una tras otra como fichas de dominó. El panorama que describen empresarios, sindicatos y economistas se parece más a un parte de guerra que a un informe productivo: líneas de producción apagadas, turnos eliminados y cientos de trabajadores sin rumbo tras el cierre de empresas que, hasta hace poco, eran emblemas de sus comunidades. La caída de la capacidad instalada —que se hunde por debajo del 62%— marca un nivel crítico que ni los años más difíciles se animaron a rozar.
Los casos se multiplican con una velocidad espeluznante. Whirlpool apagó sus máquinas en Pilar y dejó a más de 200 familias a la deriva; Dánica cerró sus puertas en Llavallol tras décadas de actividad; Essen despidió personal por no poder competir con importaciones que inundan el mercado; Grupo Dass echó a 360 trabajadores en Coronel Suárez; y Mondelez detuvo toda su operatoria en Pacheco, enviando a más de 2.300 empleados a licencias forzadas. A estos nombres resonantes se suman fábricas medianas de metalurgia, autopartes, electrodomésticos y textil que directamente ya no pueden sostener ni la luz encendida. En polos clave como La Matanza, San Martín, Pilar o Bahía Blanca, el golpe industrial se ramifica hacia comercios, proveedores y servicios que dependen del movimiento fabril.
Mientras los números se desploman, la preocupación crece incluso dentro del propio gobierno provincial, donde reconocen que la recesión ya perforó el hueso económico bonaerense. La caída brutal del consumo, la avalancha importadora y la parálisis de inversiones empujan a la industria hacia un abismo que se profundiza mes a mes. Y aunque algunos sectores logran esquivar el impacto, el derrumbe generalizado marca un presente oscuro: cada persiana que baja no solo cierra una fábrica, sino un capítulo de identidad productiva en la región más industrial del país. Si algo dejó claro septiembre, es que esta ola de cierres no frenó… apenas empezó a tomar velocidad.