Los mercados internacionales tuvieron un ataque de nervios y, como siempre, Argentina lo sintió diez veces peor. Mientras Wall Street recalcula su propio futuro después de un año récord, los bonos criollos encadenaron otra caída del 1% y el riesgo país dio un salto de esos que dejan sudor frío: superó los 660 puntos y sigue trepando como si fuera un deporte extremo. El S&P Merval tampoco tuvo piedad: retrocedió 3,4% y quedó golpeado en 2.750.000 puntos, un número que ni los más optimistas logran maquillar.
La tensión se disparó después de que se enfriara el tan comentado plan de los gigantes JP Morgan, Bank of America y Citigroup para prestarle USD 20.000 millones a Argentina. Según el Wall Street Journal, los bancos decidieron dar un paso atrás y reducir la ayuda a un préstamo más chico y a corto plazo. Con los operadores mirando de reojo cada movimiento global —y con Nvidia quedándose sin magia para sostener la rueda—, los activos argentinos volvieron a quedar atrapados en la tormenta perfecta: dudas, volatilidad y cero paciencia de los inversores.
Para sumar más picante al cóctel, se vienen vencimientos por USD 4.200 millones en enero y el Gobierno negocia un REPO de USD 5.000 millones para no tropezar antes de arrancar el año. Los analistas coinciden: sin un rumbo claro de reservas y con varios bonos haciendo fila para cobrar, cada sacudón internacional nos pega directo en el estómago financiero. Y mientras los bancos cierran por feriados y la Bolsa opera sin liquidación, los inversores argentinos miran el panorama como quien ve nubes de tormenta en verano: saben que algo fuerte se viene, pero nadie se anima a decir cuánto va a llover.