El municipio anunció con bombos y platillos que cerró el primer semestre con un superávit de más de $1.000 millones. Según el informe oficial, los ingresos de la administración central superaron los gastos, apoyados principalmente en la recaudación de la tasa vial que ya le arrancó a los vecinos más de $4.000 millones en surtidores. Sin embargo, los números esconden una vieja realidad: la obra pública volvió a quedar en rojo y las mejoras prometidas siguen sin aparecer.
Mientras los funcionarios celebran balances positivos y hablan de “tendencia favorable” en comparación con el déficit del año pasado, los datos revelan otra cara. La inversión real en construcciones apenas llegó al 13% de lo previsto: de casi $9.000 millones presupuestados, solo se ejecutaron poco más de $1.100 millones. La plata entra, pero las calles siguen detonadas y los barrios esperan soluciones que nunca llegan, aun cuando el tributo especial de los combustibles supuestamente está destinado a ese fin.
El contraste es brutal: guardias médicas a medio terminar, obras prometidas que se patean para fin de año y anuncios que no se ven reflejados en el día a día. En definitiva, el municipio logró superávit, sí, pero a costa de frenar inversiones clave para los vecinos. Un “éxito” que luce muy bien en los números, pero que deja a la ciudad en la misma realidad de siempre: caja fuerte llena, calles vacías de obras.