Cada nuevo accidente fatal sobre la Ruta Provincial 88 reabre una herida que nunca termina de cerrar. La reciente muerte de la joven Anita Peralta Rondanina y del remisero Juan Manuel Irigoyen volvió a exponer una realidad conocida por miles de vecinos que transitan a diario el corredor entre Necochea y Mar del Plata: una vía diseñada para otra época que hoy soporta un volumen de tránsito muy superior al que fue concebida. En casi seis décadas, cerca de 130 personas perdieron la vida en ese trayecto, una cifra que mantiene vigente el histórico reclamo por su conversión en autovía.
A pesar de esa estadística, el estado general del asfalto no aparece como el principal problema. La calzada presenta una señalización visible, demarcación adecuada y condiciones aceptables en la mayor parte del recorrido, aunque existen sectores con ondulaciones y baches que requieren mantenimiento. Sin embargo, el verdadero riesgo parece repetirse detrás del volante: sobrepasos en zonas prohibidas, exceso de velocidad y maniobras imprudentes son conductas frecuentes que transforman una ruta angosta de doble mano en un escenario de alto peligro, especialmente por el intenso tránsito de camiones, trabajadores, estudiantes y turistas.
Mientras los restos de vehículos destruidos permanecen como un recordatorio permanente de las tragedias ocurridas, familiares de víctimas vuelven a exigir respuestas concretas. Impulsada por el dolor de perder a su hija, Andrea Rondanina convocó a una manifestación para reclamar que la construcción de la autovía deje de ser una promesa repetida por distintos gobiernos y se convierta finalmente en una obra. Para quienes recorren la Ruta 88 todos los días, el pedido ya no se resume en una mejora vial: representa la esperanza de evitar que la lista de víctimas continúe creciendo.